Diego y el hilo mágico, un cuento para niños que fantasea sobre el origen de Las Hilanderas de Velázquez.

Se me ocurre que una manera de despertar en un niño las ganas de ir a un museo es que lea un cuento cuyo final desemboca en una obra determinada y en el museo que la acoge. Diego y el hilo mágico es el primer cuento que escribo siguiendo esta idea, pero habrá más. A ver si os gusta.

 

Hace muchos, muchos años, más de cuatrocientos, correteaba por las luminosas calles de la ciudad de Sevilla un niño muy alegre y curioso que se llamaba Diego.

Diego adoraba pintar y nunca salía de casa sin sus utensilios de pintura. Pintaba todo lo que le llamaba la atención y, a menudo, intentaba mejorar las cosas que le entristecían o que veía rotas o deterioradas superponiendo sus dibujos.

Una mañana, al atravesar un pequeño campo de espigas y amapolas que conducía a la vaquería donde iba a recoger leche para su maestro, Diego reparó en una gran telaraña que alguien había arrancado a medias. En la esquina de la tela que aún permanecía intacta había una diminuta araña, todavía encogida e inmóvil por la impresión que le había causado el que alguien destrozase su gran obra. Sin pensarlo dos veces, Diego confeccionó un dibujo de lo que debía de haber sido la telaraña completa y, tomándolo como modelo, comenzó a reconstruir la casa del bichillo con mimo y paciencia.

Cuando casi había conseguido atar el último hilo de la tela de araña, una voz femenina que parecía flotar en el viento le dijo:

–Diego, algún día llegarás a ser un gran artista, admirado por reyes y gentes de muchos países, pero hoy, además, tu deseo de mejorar todo lo que ves también se verá realizado.

La pequeña araña comenzó entonces a segregar un hilo finísimo. Un hilo que desprendía un destello casi cegador. Un hilo que el animal cortó y dejó caer con suavidad en la mano de Diego.

–Toma esta madeja y utilízala para arreglar todo lo que a tus ojos merezca la pena ser mejorado –le dijo la voz–. Confío en tu criterio, Diego. Pero ten cuidado y sé discreto –le advirtió también la voz de la mujer invisible–. El valor de este hilo no reside en el material precioso del que está hecho sino en la vida que es capaz de devolver. En manos equivocadas se malgastaría en crear riquezas que no se comparten y solo despertaría envidias y peleas.

Diego puso la madeja a buen recaudo, le dio las gracias a la voz y corrió a recoger la leche que le habían encargado. Si volvía con la lechera vacía después de tanto tiempo fuera, seguro que le castigarían quitándole todo su material de pintura. Y no había cosa en el mundo que más entristeciera a Diego que no poder pintar.

Durante los meses que siguieron al episodio de la tela de araña, las calles de la ciudad de Sevilla se llenaron de alegría. La gente llegó a creer que una mano mágica intervenía para que no hubiese un niño sin dulce, un mendigo sin cama, una plaza sin flor.

Entre los recados que debía hacer y sus lecciones de pintura, Diego encontraba el tiempo necesario para remendar todo lo que le causaba tristeza. Utilizaba para ello su fantasía, su don para dibujar y el hilo mágico que le había entregado la araña. Solía tomar apuntes en la calle, pero era en casa donde daba forma definitiva a sus dibujos. Luego, con el hilo mágico, cosía en el papel las partes que quería que mejorasen en la realidad. Buscaba siempre la intimidad de su cuarto para trabajar porque no olvidaba el consejo que le había dado la voz.

Una mañana su madre le mandó que acompañase a la doncella al mercado para recoger un encargo. Cuando llegaron allí, Diego quedó admirado de la cantidad de gente y de colores que se agolpaban entre los puestos callejeros. Una cosa que le sorprendió especialmente fue el ruido tan intenso y caótico que invadía sus oídos: gritos de voces graves y agudas, palabras en lenguas extrañas, balidos de carneros, piar de aves y hasta música. Tan maravillado estaba Diego con la visión del mercado que se rezagó. Se quedó contemplando un puesto lleno de faisanes, perdices y palomas y perdió de vista a su doncella. Le había llamado la atención un palomo que, prisionero entre sus semejantes, intentaba acomodar un ala herida. Sin duda le dolía mucho, porque de cuando en cuando el palomo ocultaba su cabeza entre el plumaje del buche. Tanta piedad le inspiró a Diego el sufrimiento de aquel animal que sacó los utensilios de pintura de su zurrón y se apresuró a dibujar al palomo con las alas sanas.

No es que fuese su mejor dibujo. De hecho, era bastante birrioso, pero no importaba, solo necesitaba una base para poder coser el ala del palomo con su resplandeciente hilo mágico. Y lo consiguió. A los pocos minutos, el animal le lanzaba arrullos como si supiera que él había sido el responsable del alivio que sentía.

El problema surgió porque el animal no fue el único en darse cuenta del gesto de Diego.

A pocos pasos de él, había un hombre con sombrero, boca desdentada y manos sucias que mantenía los ojos clavados en su zurrón. Parecía hipnotizado por el resplandor del hilo con el que el niño había cosido el ala del pájaro en el dibujo. Cuando el hombre lo miró, Diego sintió un escalofrío que lo dejó paralizado. Hasta que no lo tuvo a dos palmos de su rostro, no logró reaccionar. Entonces, sí, aprovechó su pequeño tamaño para abrirse paso entre la gente y echó a correr a toda velocidad hacia calles más vacías por donde escapar sin tanto obstáculo.

Diego corría sin volver la cabeza por temor a entretenerse y porque le aterraba la mirada de estatua de aquel hombre con sombrero. En su huída le parecía que las fachadas de las casas galopaban hacia él como caballos salvajes. ¿Qué podía hacer con el hilo mágico? ¿Dónde podría ocultarlo? No podía permitir que cayese en manos tan sucias. ¿Qué sería capaz de hacer con él aquel hombre de alma tan oscura? Seguro que, como poco, lo utilizaría para atarle las manos y hacerle prisionero…

Diego no sabía a qué distancia exacta se encontraba su perseguidor, pero escuchaba claramente su voz animando a otros malhechores a que se uniesen a él para darle caza.

–¡Oro! –gritaba el hombre del sombrero–. El niño va cargado de hilo de oro… ¡Cogedle! ¡Hay para todos!

Diego aceleró el paso para sacar mayor ventaja a sus enemigos. Debía encontrar rápidamente una solución. Sus fuerzas no le acompañarían durante mucho más tiempo. Esa mañana, además, había desayunado poco.

Al doblar una esquina, se encontró en una plaza con suelo de albero de la que partían tres calles. Vio como varias mujeres entraban en la primera casa de la calle de en medio cargadas con una gran rueca.

–¡Eso es! –pensó Diego­–. Esas mujeres deben tener muchos hilos, seguro que en su taller podré guardar bien el mío.

Y así fue como Diego escondió su ovillo en aquel taller. Comprendió que lo que le había ocurrido aquella mañana en el mercado con el hombre del sombrero podía sucederle otras muchas mañanas. Hay demasiadas personas en el mundo obsesionadas con tener algo precioso. A él, en un ratito, ya le habían perseguido unas cuantas.

Nunca se volvió a saber nada de aquel hilo mágico ni de aquella mano invisible que repartía belleza y bondad por las calles de Sevilla. Sin embargo, la historia cuenta que, muchos años después, un viejo pintor llegado a Madrid desde Sevilla consiguió dar vida a una pintura maravillosa. Una pintura que en primer plano nos muestra a un grupo de mujeres que tejen con un hilo muy fino rodeadas de una luz casi cegadora. En el fondo del cuadro el artista pintó un tapiz que ilustraba una antigua leyenda: la de una poderosa dama que convirtió en araña a otra mujer solo porque tejía mejor que ella. Este cuadro se llama “Las Hilanderas” y está en el Museo del Prado de Madrid. Ciudad en la que su creador, Diego Velázquez, trabajó para el rey y llegó a ser reconocido como uno de los mejores pintores de su época y de todos los tiempos.


 

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