huecos

Ella no está pero se cuela en el paisaje, hace pasear mi silla roja sobre el verde, llega para ser mi contrabajo. Orbita sobre mi cuerpo, se apodera de mi inspiración, juega con mis latidos alentándolos como a una flauta de pan. Son mis latidos los latidos de un corazón agitado, que a veces se queda sin hueco para palpitar. Hueco… Tan pequeña y ya le pesa a ella el no tenerlo. El ver a otros niños rodeados de niños y a ella sin niño a su lado. Eso viene a decirme muchas veces cuando está fuera. ¡Desbórdate! ¡Recoge tus sobras y vuelve a llenar tu mirada! Tengo ganas de decirle a ella. Que su hueco aparecerá solo. Ella: montaña de algodón que protesta por las mañanas; volcán mínimo y blanco que quema los ojos de todo aquel que ha dejado de buscar. Pero, digo yo, tan malo es dejar de buscar como no detenerse nunca. Y, sin embargo, ¿es posible vivir pensando en lo que se deja de hacer? Puede que para eso sirvan los huecos. Para sentir que estás rodeado de los deseos que vives. Pero los deseos nunca dejan de moverse. La otra tarde, en su colegio, soltaron globos plateados con deseos dentro. Deseos para cuando fuesen mayores. Ella no apartaba la vista de su globo, que se alejaba y se alejaba hasta convertirse en un punto de luz sobre la luz. Me arrodillé, la miré y le pregunté ¿qué has deseado? Me respondió: tener superpoderes. Y entonces se me ocurrió.

Desde ayer, ella sabe que tiene superpoderes. Que tiene el poder de estar, aunque no esté. Cuando se lo dije, se le hizo un hueco en la boca. Un hueco muy grande y así como alargado.

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