La golondrina, el balancín y la vecina del diccionario

Una mañana de primavera en la que el sol se estaba haciendo el tímido, Hirundín Flecharoja, una cría de golondrina, volaba cerca de su hogar cuando oyó que sus padres lo llamaban.

Hirundín había salido del nido hacía solo un día, pero era ágil, brioso y ya sabía volar en espiral.

–Cariño, lo haces muy bien –le felicitaron sus padres.

–Gracias, he tenido los mejores maestros –respondió la pequeña golondrina, inclinándose y mostrando el plumón aún grisáceo de su cola.

–Necesitamos que nos ayudes, pequeño –le pidió su madre sin apartar los ojos de su padre.

–¡Claro! ¿Qué queréis que haga? ¿Traer más comida? Hay que ver cómo comemos los polluelos gordinflones, ¿eh? –bromeó Hirundín mientras revoloteaba ante sus mayores.

–No, no te preocupes por eso, hijo –le contestó su padre–. Aún tengo fuerzas suficientes para salir a cazar. Eso sí, no soy tan rápido como tú, pero me las arreglo. Además, esta tierra tan rica casi nos trae los bichos hasta el nido –añadió desplegando las alas–. De todas formas, muchas gracias, polluelo.

–¿Entonces? –preguntó extrañado Hirundín– ¿En qué queréis que os ayude?

–Queremos que te encargues de reconstruir aquel nido de allí –respondió su madre señalando hacia la cornisa de una terraza situada a unos cien metros de ellos–. Vamos a ampliar la familia y por aquí no queda mucho espacio libre. Mira, fíjate, los Pechopardo también están en las mismas.

–No hay tiempo que perder o el nido lo ocupará cualquier otra familia –insistió papá golondrina–. La cosa está muy mal y aquel sitio es muy bueno.

–Pero si ese nido no lo queríamos –protestó Hirundín–. Si ese nido lo ocuparon unos petirrojos y ya no queda nada de los Flecharoja en él…

–Hemos descubierto que sí queda algo, cariño. Hay todavía allí un trozo de una pluma mía –le aclaró su madre–. Del buche, concretamente. Anda, empieza a limpiarlo y a reconstruirlo, hijo. Puedes utilizar tierra de ese barrizal y un poco de aquellas cacas.

–No. Caca de perro no cojo. Me niego, mamá. Si por lo menos fuesen de vaca…

–Para eso tendríamos que vivir en el campo. Y no vivimos en el campo.

 

Hirundín Flecharoja se marchó después de desayunar. Lo hizo pensativo y con un aleteo desganado. Vivir en otro nido separado de sus padres, así, de sopetón, le producía una tristeza que no estaba convencido de poder cargar sobre su cola, aun siendo fuerte y hábil como era él. En ese momento odió ser tan fuerte y tan hábil. Si no lo fuera seguro que seguiría en el nido con el resto de sus hermanos.

Su madre le había dicho que no se preocupase, que podía seguir aterrizando en el nido familiar al atardecer durante un tiempo, pero sus palabras no le consolaron. ¿Durante cuánto tiempo podría volver? ¿Una semana? ¿Diez días como mucho?

Nuestro polluelo se sacudió las plumas de la cabeza y decidió ir a reconocer el terreno de su futuro hogar. Entonces descubrió que su nido no era el único que estaba por construir.

 

Detrás de la cornisa donde descansaban los restos del nido que había pertenecido a sus padres, Hirundín vio una gran terraza llena de cajas. Entre ellas destacaba un balancín en el que se columpiaba un humano que, como él, aún era cachorro. Aquel niño miraba al suelo con ojos tristes y jugaba a botar un balón de cuero cada vez que el columpio volvía a su punto de partida.

–¡Pau! –gritó una voz femenina desde el interior– Ven a tu cuarto y ayúdame a colocar tus cosas, por favor.

El niño protestó “por lo bajini” pero se levantó. Los muelles del balancín rechinaron y de un gran puntapié estrelló la pelota contra uno de los muros de la terraza.

Hirundín se asustó y levantó el vuelo, aunque no se marchó. En su lugar, rodeó la casa hasta que vio entrar al cachorro en una espaciosa habitación que tenía un gran balcón blanco con vistas a la calle. Se posó en la barandilla para tener una buena visión.

 

Pau era un niño de carita carnosa y suave como el chantillí. Tenía una abundante mata de pelo castaño ceniciento, sin duda difícil de peinar. Con su dedo índice se reliaba dos mechones tiesos que le coronaban la cabeza y con sus ojos grandes contemplaba las paredes recién pintadas de su nueva habitación. Cubiertas de un bonito color naranja, pero vacías de todo lo demás.

–Cariño, cuanto antes coloques tus cosas, antes empezarás a verlo como tu dormitorio –le dijo una mujer que, como él, se fabricaba un remolino en la coronilla.

–Puedo poner un póster gigante de mi antiguo cuarto y acabo antes, ¿no, mami? –preguntó Pau con una sonrisa mellada.

–Si quieres, te ayudo, y así luego bajas a jugar con el balón un rato –le propuso su madre–. ¿Has visto cuántos niños? Y están echando un partido… –añadió entusiasmada la mujer acercándose al cristal.

A punto estuvo Hirundín de salir volando, pero se detuvo. Se detuvo hasta que aquella mujer abrió las puertas del balcón.

–¡Mira! Un golondrina –gritó al verla–. Siempre se ha dicho que las golondrinas traen suerte, Pau…

–Papá dice que eso son tonterías, mami.

 

Unos días después, Hirundín no era el único que casi había terminado de restaurar su nido.

El dormitorio naranja de Pau parecía otro.

En la estantería, que también hacía las veces de cabecero de su cama, un verdadero ejército de criaturas de goma luchaba por conquistar el rincón reservado a una colección de coches en miniatura. De una de las esquinas del techo colgaba un enorme globo aerostático, cuya tela brillaba en la oscuridad. En lugar de los habituales sacos con lastre, del globo pendían unas fotografías que reproducían los últimos cuatro veranos de Pau y por cada una de sus cuerdas escalaban figuras articuladas de superhéroes y superheroínas. Sobre la gran mesa de estudio, Pau había colocado una pantalla de ordenador, una consola, dos cubiletes con rotuladores de toda clase y una bola del mundo. En ella había marcado con puntos rojos los lugares que quería llegar a conocer alguna vez en su vida. Justo en el lado opuesto de la habitación, una masa de cien colores distintos encuadernaba historias de piratas, detectives o animales. Y, sobre el suelo de madera brillante, un baúl con disfraces, un cajón de juegos y un puf gigante de color cobre esperaban a ser tomados al asalto por su dueño.

Sin embargo, Pau solo pisaba su dormitorio para dormir. Aquellos días prefería el balancín de la terraza y la compañía de su balón de reglamento y de su nueva amiga la golondrina.

Hirundín estaba encantado porque así no se sentía tan solo. Es verdad que ya no faltaba nada para que sus hermanos se mudasen al nuevo nido con él, pero le gustaba la conexión que había establecido con el chico del columpio. Pirueta que hacía Pau con el balón, pirueta que repetía Hirundín en el cielo. Si en lugar de migas de pan en la cornisa el niño le dejase moscas o gusanos, su relación ya sería perfecta. Pero no había manera… ¡Puaf, qué asco! ¿Quién le habrá contado a los humanos que a todos los pájaros nos gustan las miguitas de pan?, se preguntaba nuestra golondrina.

Pero Hirundín no era el único que se hacía preguntas. Flor, la madre de Pau, acababa de abandonar la terraza preguntándose hasta cuándo duraría el enclaustramiento de su hijo. Llevaban casi una semana viviendo allí y empezaba a desesperarse.

–¿Por qué no bajas a jugar un poco al jardín, Pau? Hace un día tan bonito…

–Porque no me espera ni uno solo de mis amigos.

–Pero cariño…

–Mamá, por favor, mañana bajo, te lo prometo.

Todos los días, desde que se instalaron en la nueva casa, la misma conversación. Sin embargo, aquella mañana sucedió algo que iba a empezar a cambiar las cosas.

El timbre de la puerta resonó en toda la casa. Apenas un minuto después, Flor regresó con una expresión distinta en la cara.

–¡Pau, Pau! –exclamó Flor, sonriendo– Era la vecina del 5º C. Nos ha invitado a merendar en su casa esta tarde o mañana. Lo que prefiramos. Tiene una hija de tu edad y un hijo dos años mayor. Puede estar bien, ¿no?

–Mamá, ¡¿por qué no me dejas en paz?! –le gritó él– Tengo nueve años. Ya no soy ningún bebé. No tienes que llevarme de la mano a ningún sitio.

Y dicho esto, Pau dio tal puntapié al balón que este rebasó el muro de la terraza.

–Mira por donde hoy vas a tener que bajar a la calle. Yo, desde luego, no pienso ir a recoger esa pelota –sentenció su madre antes de marcharse.

 

Cuarenta y cinco minutos después, las ganas de Pau de recuperar su preciado objeto vencieron a su orgullo y decidió bajar al jardín. Hirundín lo siguió.

Había una extensa zona soleada en la que un grupo de siete niños y tres niñas estaba jugando un partido de fútbol. Con su balón de reglamento.

Pau se armó de valor.

–Perdonad. Creo que ese balón es mío. Se me ha caído hace un rato desde aquella terraza –argumentó, señalándola–. Junto a la estrella del balón pone “Para Pau, con cariño”. Y está firmado. Podéis comprobarlo.

–¿Con esto quieres decir que te gustaría jugar con nosotros o que te devolvamos tu balón? –preguntó un chico que se resoplaba el flequillo.

–Solo quiero deciros que el balón es mío. No me importa dejároslo, pero devolvédmelo después, por favor. Es un regalo muy especial que me hicieron.

–A mí ya no me apetece jugar más –dijo una niña rubia y menuda–. Si te apetece a ti… Yo voy con ellos –añadió y apuntó hacia la pequeña pandilla que rodeaba al chaval del flequillo.

–¡Oye! –intervino precisamente este, reprendiendo a su compañera– ¡Eso depende de cómo le dé al balón! .

Hirundín se apresuró a volar entre los dos niños dibujando un bucle ascendente.

–No lo hago mal –respondió Pau por fin–. Casi siempre juego de medio centro, pero podéis ponerme donde queráis.

–Bueno, ya improvisaremos. Improvisar es lo mío. Yo soy punta –aclaró el chico del flequillo–. ¿Cómo te llamas?

 

Hechas todas las presentaciones se reanudó el juego. Nuestro chico, efectivamente, no lo hacía mal en absoluto y enseguida se ganó la complicidad de sus compañeros de equipo. Hirundín le seguía de cerca, pero tuvo que recurrir al vuelo rasante en más de una ocasión ante las sorprendentes parábolas que describían algunos balones de su amigo. Sin embargo, uno de los pases de Pau se escapó e impactó con cierta fuerza en el hombro de una niña que estaba sentada a unos metros de la portería rival.

–¡Perdón!, ¡perdón! –gritó Pau mientras corría veloz hacia ella.

Ella se volvió. En sus manos sostenía un libro que parecía pesado. Sin quejarse, observó a Pau y respondió:

–Perdón: acción de perdonar. Nombre masculino. Usado para pedir disculpas. Para interrumpir el discurso de otra persona y tomar la palabra. Para…

Pau aminoró el ritmo de su carrera, extrañado.

–Déjala –le indicó el chico del flequillo–. Siempre es así de rara. No sabe hacer otra cosa que leer ese diccionario.

Hirundín voló en círculos sobre la cabeza de la muchacha. Pau llegó hasta ella en tres zancadas.

–¿Te duele? –preguntó viendo la rojez que se le había formado en el hombro–. Perdóname, por favor. Ha sido sin querer.

La niña asintió con la cabeza, se giró y volvió a su diccionario.

Pau no tuvo tiempo de fijarse bien, pero hubiera jurado que la niña había sonreído un poquito y que, como a él, le faltaba un colmillo.

–Te lo dije. Es muy rara –comentó el chaval del flequillo.

 

A la mañana siguiente, a Pau le extrañó no ver a Hirundín volando en torno a la terraza. Le colocó varios trozos de rosco en la cornisa (se había comido todo el pan para desayunar) y esperó en el balancín a que apareciese el pájaro. Pero nada.

Llegado un momento, tomó la decisión de bajar al jardín con su balón.

Su madre tomaba café con una mujer en la mesa de la cocina.

–Cariño, esta es Susana, la vecina del 5º C de quien te hablé…

–Encantado, señora. Me bajo al jardín, mami. Si no, van a empezar el partido sin mí –respondió Pau cerrando la puerta tras de sí.

 

En el jardín había menos niños que el día anterior y enseguida comenzaron a rifarse a Pau. Durante la disputa, que, para qué negarlo, le halagaba, Pau desvió la mirada hacia la zona arenosa que estaba junto a la portería este y descubrió que la niña del diccionario seguía allí, casi en la misma posición en que la había dejado la última vez que la vio. Tras ella, en el cielo, pudo ver cómo se acercaba un trío de golondrinas. ¿Hirundín?

Pau no tuvo más que observar el vuelo a ras del ave sobre el agua de la piscina y la línea rojiza de su pecho para darse cuenta de que se trataba de él. Sin duda era Hirundín. Pero, ¿qué hacía con otros pájaros? Siempre lo había visto solo. ¿Iría a marcharse ya? No. No podía ser…

Su madre le había contado que las golondrinas realizaban viajes increíbles antes de regresar aquí en primavera. Muchas veces volaban hasta sus antiguos nidos. En ellos se unían y tenían a sus crías. Pero las golondrinas se marchaban cuando llegaba el frío y para eso aún quedaba bastante…

Efectivamente a Hirundín Flecharoja aún no le había llegado el momento de abandonar aquella cornisa del paseo marítimo de Sanlúcar de Barrameda. Lo que sí había sucedido es que esa mañana había tenido que ayudar a su padre en el adiestramiento de vuelo de sus hermanos. Estos ya habían conseguido soltarse y ahora le tocaba llevárselos a vivir con él para hacer sitio a los nuevos polluelos en el nido de sus padres.

Pau estaba preguntándose si su amiga golondrina volvería a visitarle sola para intercambiar piruetas, cuando el balón de fútbol le pasó rozándole el rabillo del ojo. Inmediatamente después lo vio impactar en la cabeza de la niña del diccionario.

–Pero, niña, ¡¿tú eres idiota o es que eres más idiota todavía?! –gritó el chico del flequillo–. ¿No te puedes poner con tu libro en otro sitio? ¡¡Niña!! ¡¡Que te estoy hablando a ti!! –insistió al comprobar que esta no le contestaba.

La chica se volvió tapándose la cara con el diccionario. Pau pensó que debía de estar escondiendo sus lágrimas.

–Déjala ya, ¿no? –le pidió él al chaval del flequillo – No te ha hecho nada. Además, esto es de todos y ella puede sentarse donde quiera.

La niña dejó caer el diccionario en su regazo y con toda la tranquilidad del mundo dijo:

–Idiota: Que padece de idiocia. Tonto, corto de entendimiento.

El chaval del flequillo resopló con más fuerza que nunca y levantó el balón amenazante. Pau se acercó a él con gesto conciliador.

–Venga, vamos a jugar… Está esperando todo el mundo.

Aunque sin demasiada brusquedad, el chico del flequillo lo apartó y dio un paso más hacia la niña.

–A mí nadie me llama idiota.

Hirundín descendió veloz. Tenía un plan.

Con un par de círculos le bastó y, si no hubiera sido porque Pau desplazó al chico del flequillo tirando de su camiseta en el último momento, su maniobra hubiera salido tal como él había previsto.

Pau sintió que algo caliente descendía por su mejilla.

–¡Qué asco, tío! –dijo el chico del flequillo frenándose en seco. Los demás miraban a Pau fijamente sin pronunciar palabra– Te dejo con la rara y con esa mierda. Hoy no puedes jugar con nosotros porque ya somos pares.

Pau continuaba parado y en silencio y fue la niña del diccionario quien le hizo reaccionar.

–Ven conmigo –le dijo llevándole con suavidad por la muñeca–. Todo se borra con la tierra.

Pau se sentó junto a ella, que arrancó una hoja de un cuaderno pequeño que tenía y le retiró la caca de Hirundín con delicadeza. Después, la chiquilla escarbó en la arena de la zona de recreo donde se encontraban y terminó de limpiarle los restos de caca con la tierra que se había adherido a sus dedos.

Pau pudo ver un montón de pequeñas tiras de papel enterradas en la arena. Todas con palabras escritas. Leyó: “idiota”, “rara”, “lenta”, “pedorra”, “fea”…

–¿No guardas ninguna palabra bonita? –le preguntó entonces.

La niña del diccionario se metió las manos en los bolsillos de su vestido de verano. De uno de ellos sacó un trozo de papel que contenía la palabra “perdón”. Del otro, un montón de papelitos manoseados en los que se decía: “cosita”, “amor”, “preciosa”, “Ateneíta”, “burbujilla de terciopelo”…

–Esta palabra me la dijiste tú ayer. Estas otras son de mis padres, de mi abuela, de mi profe de lengua… No te creas, que mi hermano también me ha dicho alguna de las palabras que he enterrado…

–¿Cómo te llamas?

–Amalia. Vivo allí –dijo señalando con el dedo índice–. En el 5º C. Soy tu vecina.

Pau le sonrió dejándole ver la mella de su colmillo.

–Creo que esta tarde voy a merendar a tu casa con mi madre. Mi padre está de viaje.

Amalia también le sonrió. Ella tenía los dos colmillos mellados.

–Pero, ¿por qué siempre estás con el diccionario? –se atrevió a preguntarle Pau.

–El diccionario siempre me cuenta cosas.

–¿No preferirías jugar con alguien?

–Sí, claro.

–¿Y por qué no lo haces?

–Porque nadie me lo ha pedido nunca.

 

Un tiempo después, una de esas tardes en que los niños ya iban vestidos con jerseys y chaquetas de punto porque empezaba a refrescar, Hirundín, buscando a Pau, se asomó por la cornisa de su terraza. Vio tres balones de fútbol diferentes, pero nadie estaba jugando con ellos. También había un puzzle gigante del puente de San Francisco a medio hacer. Pau, Amalia y una niña menuda y rubia ocupaban el balancín. El resto, unos cinco niños, estaban sentados en el suelo sobre colchonetas que dibujaban una U alrededor del columpio. Todos tenían papel y boli en las manos. Aún se estaban apagando lo que debían de haber sido unas risas muy sonoras. El chico del flequillo, que sostenía un gran diccionario, se lo pasó a Pau.

–Toma, te toca a ti elegir. Tu definición ha sido la más votada.

Pau desvió la mirada hacia la cornisa y vio a Hirundín allí. Les dijo a todos:

–Esta vez no voy a buscar ninguna palabra. Ya se la que voy a decir: “golondrina”.

Todos incluido Pau comenzaron a escribir en sus folios. Transcurrido un par de minutos, sus compañeros de juego le entregaron sus papelitos. El los arrugó uno por uno, los introdujo entre sus manos, agitó estas a modo de cubilete y, sin dejar de mirar a Hirundín, dijo:

–Golondrina: pájaro muy común en España desde principio de la primavera hasta fines de verano, que emigra en busca de países templados. Tiene unos quince centímetros desde la cabeza a la cola, pico negro y corto, frente y barba rojizas, cuerpo negro azulado por encima y blanco por debajo, alas puntiagudas y cola larga con forma de horquilla. Y come bichos, no pan. Pero esto último no viene en el diccionario –aclaró.

 

Al ver que su amigo no desviaba la mirada de la esquina de la cornisa, Hirundín se fijó en ella. Fue entonces cuando descubrió una pequeña tapa que debía de haber pertenecido a un tarro de miel. Sobre ella había tres moscas. Hirundín Flecharoja se las comió en dos segundos, pió unas cuantas veces sobre la cabeza de Pau y se alejó con el resto de las golondrinas dedicando a su amigo todo su repertorio de piruetas.

Pau ya sabía que no volvería a ver a Hirundín hasta el año siguiente. Y también que para entonces ninguno de los dos estaría solo.

 

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