EL VIAJE CIRCULAR

La mañana en que Sofía emprendió su extraño viaje no era muy distinta de las anteriores mañanas, frías y llenas de gente abrigada.

La primera etapa del camino se le hizo corta y larga a la vez. Quizá se debiera a que, hasta ese momento, nunca se había contemplado en otro lugar que no fuera un espejo. Y aquella mirada, al menos en su forma, nada tenía que ver con un espejo.

Pese a la impresión que le causó reconocerse en alguien a quien no esperaba en absoluto, Sofía no se azoró. Tampoco se le nubló la mente. Su vello permaneció en su sitio. No le sobrevino ningún sudor. No detectó ninguna señal que pudiese identificar como aldaba del destino. Únicamente le asaltó un pensamiento pequeño: dentro de esos ojos se sentía bien. Le gustaba lo que veía. Y mira que era difícil distinguir algo en un par de pupilas… Sin embargo, la entrada de su maestra en la sala la impulsó a replegarse hacia un burladero imaginario y decidió poner fin al singular trayecto. Lo hizo con un gesto y un tono algo desagradables.

–¿Me dejas pasar? –exigió más que preguntó.

No volvió a asomarse por aquellos ojos durante un tiempo. Todo lo más algún vistazo, y nunca frontal. Lo último que quería era mostrar a aquel desconocido aquello que de verdad deseaba: dejar de ser un animal racional solo.

¡Ni que la soledad fuese motivo de vergüenza!, pensó. Pero Sofía había comprobado que la soledad se manifestaba en forma de luz. De destello sellado a la mirada. Como la melancolía. Como la felicidad. Menuda paradoja… Y que cuando la gente descubría en ella aquella chispa, una de dos: o le ofrecía un consuelo que no había pedido, o huía. Por eso, solo se dejaba contemplar cuando estaba decidida a emprender un camino que sabía sin retorno. Al menos, para ella.

Sofía Parra estaba acostumbrada a buscar lo que quería y a encontrarse con lo que exigían los demás. Sin embargo, el extraño de esa mañana no solo no le había pedido nada sino que, además, le había hecho un regalo. Al mirarlo se había visto a sí misma y también había visto su vida de una manera inusual, fluyendo como una nutria panza arriba. Pese a todo, no consideró que fuese ni su tipo ni su momento.

La segunda etapa del viaje la emprendió meses después. Una tarde en que hasta las suelas de los zapatos se derretían y Madrid ofrecía un aspecto extrañamente aseado. Casi sin coches ni gente. Las pocas personas que quedaban en la urbe buscaban como posesas tres árboles juntos o al menos un rincón donde el aire se llevara el ansia de estar en otro punto geográfico.

A Sofía, sin embargo, le daba igual dónde estar. En todas partes la habría alcanzado la sombra que la asfixiaba. Estaba tan cansada de aderezarse para que la amaran como ella deseaba… ¿Por qué ese empeño en buscar en personas que de antemano sabía inadecuadas?

Miró su reloj. La persona con la que se había citado llegaba tarde.

–Por favor –le dijo a un camarero que acababa de limpiar una mesa cercana a la suya–, ¿me trae un tinto de verano? En copa de cerveza, si es tan amable. Gracias.

Al marcharse el camarero, Sofía reparó en los nuevos inquilinos de la mesa que había quedado libre. Una chica de larga melena sinuosa y Máximo Urdiales, el desconocido de aquella mañana de invierno. De nuevo, la nutria panza arriba. ¿La habría encontrado también su acompañante? Qué estupidez, seguro que sí. Si no una nutria, cualquier otra cosa. Era imposible no ver nada en esos ojos.

–Sofía, ¡hola!

–¿Qué tal, Máximo? Qué calor, ¿no?

–Sí, joder –respondió él–. Perdona –se disculpó acto seguido –. No os conocéis, ¿verdad?

–No –coincidieron ambas mujeres.

–Ella es Almudena. Sofía es una compañera.

–¿Del trabajo?

–No, del grupo de Tai Chi.

–¡Qué voluntad! Ni amenazada me pongo yo a hacer la grulla a las ocho menos cuarto de la mañana. Aunque a otra hora tampoco, la verdad –aclaró desplazando a un lado parte de su melena.

–¿Estás sola? ¿Te apetece sentarte con nosotros? –preguntó Máximo.

–No. Quiero decir que estoy esperando a alguien, no que no me apetezca sentarme con vosotros. Gracias por el ofrecimiento.

Tras un segundo en el que se esforzó en sonreír, sobre todo a la chica de mechones ondeantes, Sofía se despidió y tomó asiento de espaldas a la pareja.

Desde su primer encuentro había percibido en Máximo Urdiales una predisposición hacia ella casi incondicional y darse cuenta de que dirigía su atención a otra mujer la decepcionó. Se sintió ridícula, además de escuchimizada al compararse con aquella Almudena de tan exuberantes formas. Había sido tan soberbia como para pensar que Máximo estaría disponible hasta que ella se decidiese a bailarle el agua. Se regañó por ello.

A partir de entonces ocupó siempre la posición contigua a la de él en clase de Tai Chi, aceptó o sugirió desayunos fugaces e incluso se inscribió en las salidas al campo que organizó el grupo de arte marcial cuando llegaron los colores del otoño.

Máximo se convirtió en la respuesta deseada, pero también en su ojo crítico. En nadie halló una mirada tan limpia. Cualquiera habría pensado que todo era un complot de la naturaleza para que ambos acabasen en el mismo río, pero no. Sofía mantenía sus redes en mares de coral y Máximo… Máximo permanecía varado, observándola como un marinero a la mar bravía.

Cierta noche de primavera Máximo oyó más llanto que palabras en una llamada de Sofía y accedió a encontrarse con ella. La terraza en la que se citaron parecía enmarcada por un paisaje de hormigón, el aire olía a monóxido de carbono y el bullicio del tráfico casi no les dejaba oírse. Pero Máximo era mucho más pragmático que mirado para esas cosas y no se le había ocurrido otro lugar a medio camino. De todas maneras, igual hubiera dado un fondo de buganvillas.

Sofía intentaba llenar con palabras el vacío creado por su último desengaño. Hablaba y hablaba buscando un sentido a la retirada del abogado de treinta y nueve años con el que había estado compartiendo los últimos meses. No, no era el final de la historia, pero el final estaba muy cerca. No, no lo entendía. Esta vez no había tratado de avasallar, como era su costumbre. Todo lo contrario. Y el hombre se había aventurado, alegre y decidido, por el camino del conocimiento. Sin embargo, un día cualquiera, sin motivo aparente, el abogado se mostró como un conejo de orejas gachas con una madriguera demasiado oscura y pequeña para dos. Sofía analizaba cada frase. Máximo asistía a su desconcierto con la boca cerrada, reteniendo en la nuez el bocado amargo que era verla sufrir.

–¿Qué tengo de malo, Máximo?

–Nada.

–En serio. ¿Por qué acaban apartándose de mí? Tú que me conoces y me hablas sin reparos…

–A veces las palabras cansan.

–Mi verborrea solo aflora contigo. Te lo prometo.

–Pues es lo único que se me ocurre.

–No tengas miedo a hacerme daño.

–No tengo miedo. Es que no quiero hacerte daño.

–No seas tan protector.

–Tú no necesitas que te protejan.

–¿Tú crees?

–Sofía, la ansiedad te da un aire de inseguridad que te hace parecer otra. Y no me gustas cuando pareces otra.

–Hasta hoy no me habías dicho que te gusto. Siempre lo he pensado, pero oírtelo es distinto.

–Nunca te ha interesado lo que siento por ti. Solo lo que pienso sobre tu forma de ser o hacer.

–A lo mejor es porque estás ocupado.

–¿Con quién? ¿Con Almudena? –preguntó Máximo sonriendo–. Ella es Saturno y los demás somos sus anillos. No creo que nadie consiga alcanzarla nunca. Es una amistad de hace muchos años y la hermana de un amigo.

–¿Entonces?

–No hubiera podido aceptar un silencio. De ti no. Y no estaba seguro de que el silencio no fuera a ser tu respuesta. Tampoco quería ser elegido por eliminación.

–Nunca te he visto así.

–Nunca me has mirado de verdad.

Esa vez Sofía se asomó a los ojos de Máximo Urdiales y se atrevió a adentrarse sin reservas en aquella rareza. Se sentía tranquila y esperanzada. Como alguien recién levantado que tiene todo el día por delante. Con los pensamientos dormidos, limpia de sin quereres y no se sabes. Se vio fluir sobre un caudal gélido y transparente que bien podía proceder del deshielo. No lo hacía sola. Apoyaba su cabeza de ojos grandes en una panza más grande que la suya. Y jugaba. Agitaba suavemente sus patas para que la corriente del río cosquillease su piel. Se sumergía dibujando lazos en el agua. Lazos que empezaban y terminaban en el mismo sitio. Lazos infinitos. Y dijo sí a volver a ese sitio cada día. A emprender un viaje sin retorno. No importaba que el paisaje fuese de hormigón y el día una mierda. En los ojos de Máximo había felicidad. Lo único que debía hacer era no apartarse de ellos. El viaje a la eternidad existía y era circular.

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