Pequeño ensayo sobre un rostro viejo

Siempre he pensado que cuando las personas se hacen muy mayores sus rostros llegan a parecerse bastante a los de las tortugas.

La piel que envuelve un cráneo, cuyos huesos embeben por la edad, necesita dirigirse hacia alguna parte y acaba resbalando por las cuencas de los ojos. Unos ojos que, pese al lastre, siguen teniendo fuerzas para pestañear. Y es que la naturaleza se organiza. Cuando los párpados inferiores se descuelgan, el aire puede entrar sin obstáculos y aliviar una mirada desgastada por años y años de descubrimientos no siempre dulces.

Es verdad que el hombre es sabio en su vejez, pero también que la sabiduría exige mostrar con orgullo el grado de conocimiento. De ahí que la línea de expresión de un rostro viejo se vuelva zanja, que la experiencia se fije sobre la piel en forma de mancha imborrable, que la ceguera ante la estupidez se manifieste en una mirada casi opaca…

Si no fuera por la vida tan diferente que guardan en su interior, diría que todos los rostros viejos son iguales. Cuando llegan a viejos, todos se muestran escépticos ante el espejo, inmutables ante la crítica, irascibles ante la incapacidad, lentos en sus gestos y plenos de carne odiosamente mate.

Quedan, sin embargo, algunos rostros seniles que continúan conservando la luz de la curiosidad. Son tan difíciles de encontrar como la sonrisa en una tortuga, pero los hay. Yo los he visto. Ojalá que el mío llegue a ser uno de esos rostros. Sería una vieja feliz.

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