Puertas abiertas

¿Por qué no puedo vivir con las puertas de los armarios abiertas? Da igual qué tipo de puertas sean. De armarios roperos, de un aparador… siempre ando empujándolas, si sobresalen un poco. Un día me sorprendió haciéndolo una vecina. Acababa de entrar en su casa para pedirle un huevo y me pilló con la mano en el armario del fregadero. Yo intentaba eliminar una ranura oscura que no podía dejar de mirar. Le faltó llamarme entrometida con todas las letras. Creo que la mujer sintió que había destapado algún secreto escabroso. Podía ser que guardase aguarrás o algo peor. ¿Pero que iba yo a explicarle en ese momento? ¿La razón por la que tengo aversión a las puertas abiertas? Ni yo misma lo tengo claro. A veces veo cuatro dedos de mi mano derecha aplastados y amoratados. Alguien me los pilló en el expreso de Andrómeda con la puerta de un compartimento. Aún recuerdo aquel sonido metálico, como de hebilla floja, y pienso si fue ahí donde la aversión se transformó en un puñetazo a la mente, pero no creo. La sensación que tengo al ver la puerta de un armario abierta es más de dejadez. Se empieza por una puerta abierta, se sigue con la misma puerta descolgada, con un picaporte suelto, con un agujero en el techo, con un azulejo resquebrajado, con una casa rota… En fin, podría haber seguido viviendo sin hacerme esa pregunta.

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