Tarde en la playa

La línea del horizonte de aquella playa era tan larga como la distancia que había entre mi pandilla y yo, pero, a pesar de la amplitud, no quedaban casi huecos libres en la arena de tantos grupos de quinceañeros como se tendían a ver la puesta de sol. Normalmente a esas horas el aire soplaba fuerte, pegajoso y nos secaba el pelo a latigazos. Yo solía meter los pies bien dentro de la arena hasta que se me enfriaban las puntas de los dedos. Entonces aspiraba el olor a agosto tardío, me arropaba con la toalla y miraba al sol deseando que se escondiera; que lo tiñese todo de sombra y ocre. Me gustaba contemplarme así. Como una figura de bronce cubierta por una pátina que enmascara los defectos. A esa edad no había nadie más imperfecto que yo.

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